Memoria histórica de una educación no tan lejana

Acabo de encontrar estas imágenes de los antiguos caudernillos de caligrafía Rubio y no me he podio resistir. He recordado las cientos de horas que pasé cuando era pequeña copiando frases de tremenda moralina como “Obedecerás a tus mayores”; otras de ambigua sugerencia como “Amaos los unos a los otros” (que por supuesto en el contexto solo podían leerse como uno de los sagrados mandamientos); o simplemente absurdas como “A Higinio se le hinchó un ojo”. Todas venían a decir algo que podría resumirse como “La letra con sangre entra”.
Nada en esos cuadernillos tenía desperdicio. Los 13 primeros números eran de “escritura vertical” (el mantenimiento de las jerarquías requiere un férreo aprendizaje) y los dos últimos de “escritura inclinada” (lo que ya suponía una cierto dominio de las coordenadas). Y por supuesto el cuadernillo “pertenecía a” alguien (la propiedad y la individualidad como base del aprendizaje).
Tampoco tenía desperdicio la permanente hoja trasera, que te recordaba las instrucción de cómo debías coger el lápiz y cómo tenías que escribir para conseguir la copia perfecta. Esta imagen siempre supuso una frustración para mí, soy zurda y nunca conseguí poner la mano en “la posición correcta” para escribir.
No está mal recordar estas cosas a modo de metáfora de la educación que no queremos. Sin duda prefiero asumir la aventura de lo desconocido, experimentando y descubriendo nuevos formas y entornos de aprendizaje.